lunes, 17 de diciembre de 2007

Margarita y las joyas 1

El día 29 de noviembre de 2007 di una conferencia en el Museo de Bellas Artes de Murcia, con motivo de un ciclo organizado por el propio Museo y coordinado por Santiago Delgado. El cuadro asignado, graciosamente, a mi comentario fue este melancólico lienzo de Juan Martínez Pozo, un pintor murciano romántico muerto a los veintiséis años. Reproduzco aquí el texto completo de la conferencia. Sucesivas entradas numeradas con el mismo título permiten una lectura continuada del texto.


MARGARITA Y LAS JOYAS

Evocación sobre un cuadro de Juan Martínez Pozo


Por razones que todo el mundo en esta ciudad sabe, me he criado viendo pinturas; para decirlo más claramente, he crecido en el estudio de un pintor. Eso incluye también visitas a museos desde muy niña y abundancia de libros de pintura a mi disposición desde que aprendí a leer, que no fue precisamente tarde. Por eso, cuando me pongo a mirar con atención un cuadro, y eso es ya un hábito en mí, empiezan a surgir ideas, sentimientos, recuerdos, relaciones, todo ello de una manera intuitiva, algo confusa. Son pequeños rayos de luz que vienen de la materia pura, y no sólo de la imagen en su conjunto, del tema o del motivo concreto, sino de la materialidad misma del objeto: la calidad y cualidad del material usado, su distribución, la finura o grosor del trazo, las zonas de color y de sombras. Tanto importa que sea una pintura altamente figurativa, abstracta o minimalista. Yo percibo por la vista, pero pronto el objeto toma otras cualidades sensuales distintas desde ese punto de percepción: puedo saber cómo sería si la tocara –lo que está muy mal en alguien que contempla una obra de arte, ya lo sé, pero que he hecho a menudo con pinturas de toda confianza, con los ojos cerrados- y cómo olería si me acercara lo suficiente a ella. Esa evocación sensual bien arraigada en mí, unida a los recuerdos más lejanos, me permite luego ir más allá, trascender lo inmediato –incluso aquellos aspectos técnicos que a los críticos tanto gustan- y entrar en el mundo de lo representado. Y de nuevo encontrarme, en ciertos casos, que lo representado trae a mi imaginación y a mi pensamiento todo un proceso de elaboración desde la infancia hasta la edad adulta. Así que empezaré tratando de explicar esas intuiciones directas que la pintura de este cuadro, esta “Margarita” de Martínez Pozo, me evoca. El de este pintor muerto tan joven es un pincel meticulosamente melancólico. Resulta muy difícil definir esa sensación, porque parece que la melancolía es dejadez y abandono, pero sólo parece, pues la melancolía es detallista, meticulosa y observadora. El alma se repliega y se sitúa en un punto de vista que antes no había tenido. Un poeta melancólico se demora en la observación del tiempo, de la luz, de las sombras, mira el espejo de su propia alma cuando el tiempo y la fugacidad o lo doloroso de los acontecimientos se refleja en ella. Un artista melancólico es un acechador del destino. Un pintor tiene otras costumbres: deja que sea su material el que trabaje en el telar de la melancolía, y así, necesariamente, aparece en el cuadro ese tacto aterciopelado en ciertas zonas, sedoso en otras, que da el deslizarse del tiempo en la creación, y, sobre todo, aparece la comprensión piadosa del modelo. De la profunda oscuridad nace la luz: la luz triste del rostro de la mujer, la luz pálida de sus finas manos, el oriente triste de las perlas, que la imaginación popular ha designado como lágrimas. Las perlas son llanto. Presagian llanto. Margarita es un nombre que designa a una flor, pero en su origen griego designaba a la perla. No hizo mal Goethe en cambiar el nombre que la muchacha tenía en el primer Fausto, Gretchen, por este de Margarita. Es cierto que es un cuadro literario, es decir, basado en una escena de la literatura. Esta obra ha sufrido y ha gozado de toda clase de ilustraciones y recreaciones pictóricas, generalmente más basadas en la magnífica ópera de Gounod que en el texto original de Goethe. Este mismo pintor, que aquí se muestra tan melancólico, es un entusiasta que arrastra el pincel lleno de colorido, arrebatado, en un cuadro como “Las cruces”, que, este sí, está plenamente basado en la ópera y no en el texto del genio alemán, ya que tal escena fue una recreación de Gounod, quien quiso convertir su ópera en un alegato cristiano de la eterna lucha entre el bien y el mal. Sin embargo, este cuadro que hoy vemos no viene de ahí, sino directamente del poema dramático Fausto y de esa primera parte que el poeta dedica, como él mismo dice, “al pequeño mundo”, a la concreción del mal en la tierra y sus efectos sobre sus pequeñas criaturas. Digo esto porque no se trata, a mi parecer de un cuadro “teatral”, sino literario, es decir, psicológico, se diría que lírico. Un pintor que desea pintar un cuadro “teatral” tiene que trabajar de memoria, o quizás con un ligero apunte tomado de cualquier modo en el propio teatro. Nunca se trata de un cuadro detallista, cercano en la visión, sino de grandes movimientos o de escenas concentradas pero ligeras, amplias, que dan idea de la teatralidad. Cuando se ve un cuadro de estos, se intuye el decorado, el disfraz de ópera, se intuye hasta el público. El cuadro se puede escuchar, no sólo ver. Pues ni en el Fausto de Goethe ni en la ópera de Gounod, ni en ninguna de las restantes recreaciones musicales o literarias, tiene Margarita ante el espejo la melancolía que presenta en esta imagen; esta es una imagen de estudio, una imagen recreada, pensada, casi acariciada, en la misma actitud del poeta melancólico. Es sin duda, tras ese primer encuentro sensual con el cuadro –tacto de ropa antigua, aroma de madera vieja-, la primera impresión que me alcanza. Una tremenda melancolía, no la alegría de la muchacha que se prueba joyas encontradas en su casta habitación, sin saber quién es el donante. Podemos comparar la jovialidad de esta escena de ópera con la joven de mirada baja, de rostro serio, ensimismado, de nuestra Margarita, una muchacha sana y sonrosada, una perfecta germana, pero que no está exultante como la Margarita de Gounod, sino pensativa.

sábado, 30 de junio de 2007

La ley integral no es el problema

La ley integral no es el problema, aunque tampoco sea la solución definitiva a la violencia machista. Las organizaciones feministas valoran la ley y denuncian cuáles son sus verdaderos problemas en cuanto a su aplicación. Merece la pena saberlo. Hay que escucharlas, porque la elaboración del discurso es propia de la construcción de la ciudadanía para las mujeres. El machismo no tiene discurso; es directo, es brutal, no entiende de leyes. Las leyes son acuerdos sociales para paliar o evitar un conflicto, pero nunca son las soluciones al problema. Así lo debemos ver, pero para que tengan la eficacia requerida tienen que ser verdaderos acuerdos sociales. La mentalidad machista es muy difícil de borrar de la sociedad. Las mujeres muertas son sólo la parte más visible, cruel e impactante del asunto. La violencia es estructural y se ejerce desde las propias instituciones, como de una manera implícita denuncian estas mujeres.

miércoles, 30 de mayo de 2007

Cécile Chaminade: una compositora ignorada

CÉCILE CHAMINADE

En el verano de 1865, un joven músico francés llamado Georges Bizet conoce en la ciudad francesa de Vésinet a una niña de ocho años, llamada Cécile Louise Stephanie, hija del financiero Monsieur Chaminade, que le deja asombrado por sus cualidades musicales precoces, debido a las cuales llamaría en adelante a la pequeña “mon petit Mozart”. Cuarenta años más tarde, esta niña sería ya una dama en cuyo nombre y honor se fundarían cientos de clubs femeninos en Estados Unidos, cuyas partituras serían vendidas por miles, y hasta daría nombre a una línea de cosméticos femeninos. Aquella niña fue, en definitiva, la primera mujer que vivió de componer música. Había nacido en París el ocho de agosto de 1857. Su madre, que era una buena aficionada a la música, como muchas mujeres de la burguesía por entonces, se ocupó de la iniciación musical de su hija.

El joven Bizet, habitual visitante de la familia Chaminade junto con otros músicos célebres, no se equivocó en absoluto al recomendar encarecidamente que aquella diminuta genia tenía que seguir estudios musicales más allá del ámbito familiar. Su padre, sin embargo, tenía otra idea acerca de lo que la música podía significar para una mujer de su clase. Se opuso enérgicamente y declaró que una mujer burguesa sólo podía ser una buena madre y esposa. Tanto le lloraron madre e hija, tanto rogó Bizet como amigo de la familia, que el padre, unos años después consintió en que la jovencita acudiera a tomar lecciones con reputados maestros de la época, con la única condición de que esas clases fueran privadas, es decir, recibidas en absoluta soledad. No pudo Cécile compartir con otros condiscípulos sus avances y experiencias, ni aprender en la interrelación que es siempre una clase colectiva. No vivió, po supuesto, el ambiente musical del Conservatorio de París. Tampoco pudo variar apenas de maestro. Benjamin Godard fue su maestro más constante e influyente. Sin embargo, desde que tocara a los ocho años unas pequeñas piezas sacras que ella misma había compuesto para su primera comunión, las que fueron el asombro deBizet, no dejó nunca de ser alabada y celebrada como compositora e intérprete, lo que no impedía que ella en muchas ocasiones no se mostrara demasiado segura de sus cualidades creativas; no debe asombrarnos tal cosa, porque hay que considerar estas dudas, por una parte, las propias del propio proceso creador y, por otra, el hecho de ser una verdadera pionera en cuanto a su camino como compositora de éxito mundial; muchas mujeres antes se habían dedicado a la música como intérpretes, bien en el ámbito público, pero sobre todo en el ámbito privado del hogar o de los conventos; pocas, sin embargo, habían podido desarrollar su labor creativa como compositoras, pero desde luego a ninguna se le había permitido una carrera pública en este sentido. Tenemos el estremecedor ejemplo de Fanny Mendelshon o de Alma Mahler, que sufrieron todos los prejuicios de su época y no pudieron desarrollar sus cualidades musicales como debían, por el simple hecho de ser mujeres. El caso de Cécile Chaminade se convierte entonces en un primer ejemplo paradigmático de mujer compositora con una carrera propia y exitosa.

Hasta la muerte de su padre, que en los últimos tiempos de su vida ya se mostraba orgulloso de la carrera de su hija y parecía haber olvidado de pronto el fin de toda mujer burguesa, Cécile escribió lo que el mundo fuertemente masculinizado de su época llamaba “música seria”. Su maravilloso y virtuosista “Concertino para flauta”, que sigue siendo un desafío para cualquier flautista fue compuesto, quizás para un flautista del que estaba enamorada y con el cual no llegó a casarse, aunque puede resultar un hecho legendario, ya que la única biografía más o menos fiable de Chaminade, la que hizo su sobrina Antoinette Lorel, permanece aún inédita en manos de la familia. A lo largo de su vida sólo se casó una vez, con un anciano editor de música marsellés, con el cual mantuvo o bien una relación platónica o bien un tranquilo matrimonio de conveniencia, el cual sólo duró cinco años. Viuda de Monsieur Carbonel, el editor musical, jamás volvió a casarse. Decía de ella misma: “Mi amor es la música, de la cual yo soy la religiosa, la vestal”.

A partir de la muerte de su padre, que no le dejó precisamente una economía boyante, debido a sus malas inversiones, la música se convirtió en su modo de ganarse la vida para ella y para su madre, que fue, mientras vivió su fiel compañía. Eso podría explicar que no escribiera más de la llamada “música seria”, sino sólo piezas de piano para pianistas intermedios y canciones acompañadas de piano. Esta dedicación suya le proporcionó un enorme éxito en toda Europa y en Estados Unidos. La admiración por sus composiciones alcanzó a tanto que se fundaban clubs femeninos de admiradoras, y no sólo de su música, sino de su talante y estilo como mujer. En uno de esos clubs se llegó a formar una acróstico con sus iniciales que la definía como ideal de mujer profunda, creativa, casi con un cariz místico.

C – Concentrado y concertado esfuerzo.

H – Harmonía[1] de espíritu y trabajo.

A – Artísticos ideales.

M – Mérito musical mantenido.

I - Inspiración.

N – Notas.

A – Ardor y aspiración.

D – Devoción por el deber.

E – Empeño honorable.

Tenía un público femenino ferviente que la adoraba, mientras los sectores musicales masculinos, o sea, la gran mayoría, se pasmaban por una parte de sus cualidades o denigraban su música como música de salón. Lo cierto es que sus canciones siguen siendo hoy en día una verdadera delicia, aunque su nombre esté olvidado del gran público y sólo reservado a unas cuantas personas curiosas, eruditas y musicólogas. Steel Moegle, una de sus estudiosas, defiende su labor como compositora explicando el espacio que la música clásica dejaba al descubierto y que ella cubrió ampliamente y con excelencia. En definitiva, Chaminade escribía su música para sus contemporáneas, para las mujeres aficionadas a la música, pianistas y cantantes de mediano nivel. Quizás estemos ante un caso de lenguaje femenino incomprendido por el grupo humano que ha detentado el poder cultural durante siglos. Así como Virginia Woolf reclamaba para las mujeres creadoras una habitación propia, quizás lo que deba ser reeivindicado de una vez hoy en día, y ya sabemos que con lento y pacífico trabajo, sea una voz propia y una crítica acertada y justa que la comprenda. Chaminade, en el campo musical, la tuvo y eso le costó que siempre pusieran en entredicho su originalidad –todos los críticos tratan de encontrar el compositor al que se parece en cualquier pieza-, su peso específico – sus piezas son calificadas de ligeras-, o su papel innovador, cuando tales cosas nunca son buscadas en compositores varones. Se le buscan maestros y antecedentes, no parecidos; la ligereza en ellos es gracia; la falta de innovación es para ellos acertada utilización de los recursos tradicionales. Chaminade era una mujer en un mundo creativo de hombres. Un músico llegó a decir de ella, y esto no se sabe muy bien cómo tomarlo, que no era mujer que componía, sino un compositor que era mujer. Curioso tema para una larga reflexión sobre el género en la música, e incluso en otras artes. Pero sobre todo en la música, un coto fuertemente cerrado y defendido durante siglos de la presencia femenina.

De ello tenía verdadera conciencia la compositora y su análisis acerca de las cualidades creativas de las mujeres y las barreras casi infranqueables que podían encontrar se reflejan claramente en estas palabras suyas:

“Yo no creo que las pocas mujeres que han alcanzado grandeza en el trabajo creativo sean la excepción, sino que pienso que la vida ha sido dura para las mujeres; no se les ha dado oportunidad, no se les ha dado seguridad… La mujer no ha sido considerada una fuerza de trabajo en el mundo y el trabajo que su sexo y condición les impone no ha sido ajustado a darle una completa idea para el desarrollo de lo mejor de sí misma. Ha sido incapacitada, y sólo unas pocas, a pesar de la fuerza de las circunstancias de la dificultad inherente, han sido capaces de conseguir lo mejor de esa incapacitación”.

Cécile recorrió toda Europa con enorme éxito, llegando hasta la misma Turquía. La reina Victoria de Inglaterra la recibió con honores en Windsor. Su gira por los Estados Unidos fue clamorosa. Fue recibida por el propio presidente Roosvelt, agasajada y admirada en Canadá.

Su obra consta de más de cuatrocientas composiciones, de las cuales apenas podemos escuchar hoy en día algunas grabaciones. Entre sus composiciones, la mayoría publicadas sólo en partitura y no grabadas comercialemente, encontramos un ballet, “Callirhoé”, que se mantuvo en cartel durante meses desde su estreno; el famoso Concertino para flauta; los Seis estudios de concierto para piano; una obra escénica, “La Sevillana”; una Sonata en Do menor; una gran cantidad de hermosas canciones para soprano y piano; innumerables piezas para piano solo. No resulta comercial, es de suponer. Hasta tal punto esto es así que una magnífica grabación de la Deustche Gramophone, realizada por la soprano Anne Sophie Von Otter, no lleva en portada ni en la carátula del disco el nombre de la compositora, sino en la contraportada y en letra menor. Otra curiosidad, no sabemos si casual o intencionada.

Francia, cuyos músicos varones tanto la habían despreciado, la honró finalmente concediéndole la Legión de Honor, convirtiéndose en la primera mujer que recibía tal galardón. Su comportamiento durante la Primera Guerra Mundial fue ejemplar. Dejó de lado su carrera musical para convertirse en enfermera en un hospital de campaña; tenía entonces cincuenta y siete años. Después de la Guerra aún siguió componiendo, pero fue espaciando poco a poco sus apariciones públicas.

En 1925 se retiró defintivamente de la escena musical y después de sufrir la amputación de un pie, fue a vivir a Montecarlo, donde vivió hasta su muerte, el 13 de agosto de 1944. Su nombre y su música se hundieron en el olvido más absoluto. Hoy en día aún no se ha recuperado su voz musical ni su personalidad de vestal del arte, mujer y artista, de méritos personales y cívicos. Parece que puede haber llegado el momento de recuperarla en la genealogía de mujeres que nos precedieron y que hoy pueden ser iconos de la liberación de las mujeres modernas.



[1] Recuperamos la ortografía clásica de armonía/harmonía para que el acróstico cuadre.

domingo, 28 de enero de 2007

León Tolstoi: desvelar e iluminar

Todos los relatos de León Tolstoi, aparentemente sencillos, son de una gran complejidad. Nunca, sin embargo, esa complejidad es literaria, en el sentido retórico de la palabra literatura –ni alambicadas estructuras, ni juegos lingüísticos ni poéticos, ni grandes alardes formales, hasta donde esto se puede decir cuando se lee una traducción. La complejidad podría ser llamada literaria solamente en dos sentidos; si consideramos la literatura, la narración en este caso, como una forma de desvelamiento moral, y cuando consideramos la literatura un arte y el arte una iluminación. Para centrar lo que decimos, desvelamiento e iluminación sería el arte de Tolstoi. Ni siquiera podríamos hablar de “análisis” de la realidad o del mundo o de la psicología, pues la palabra análisis conlleva el seguimiento de un método científico, un separar las partes metódicamente con conciencia y propósito de hacerlo, que posiblemente Tolstoi nunca se propuso. Él lo que hace, de un modo natural, con la facilidad inmensa del artista, es desvelar; quita todo aquello que cubre la esencia del mundo por el sencillo procedimiento de nombrarlo y contarlo: cada acontecimiento menor, cotidiano, nos va diciendo por sí mismo su importancia en el relato y en el fin que se propone el autor, apartándolo a un lado como diciendo que es un sobrante, algo sólo apariencial, un puro velo o una coraza de lo esencial. Contándolo, Tolstoi lo convierte misteriosamente en pura forma que se adivina a través del velo, forma aparente e inevitable cobertura. Una vez dicho y narrado, desvelado. Y ya desnuda cada parte del asunto, lo ilumina poderosamente y nos convoca a mirar. La iluminación es doble o puede serlo. Una cae sobre el acontecimiento, sobre lo dicho y narrado, que queda expuesto en su esencia, limpio, diáfano; iluminación que es importante e imprescindible, naturalmente, pero que no basta por sí misma, pues la siguiente se produce en el lector convocado por el arte, si por una gracia especial libra sus ojos de las sombras de los prejuicios, de las pasiones, de los deseos, y simplemente, obedece la voz que le dice: “Mira”. Entonces puede ser que se sienta iluminado en su percepción, como cuando se tiene una súbita comprensión de un asunto que se lleva pensando sordamente durante mucho tiempo.

No todo el mundo creerá esto que digo, de ello soy consciente, porque quizás me supongan contagiada de esa parte de Tolstoi que rechaza la modernidad. Pero vamos a suponer que usted, que está leyendo esto ahora mismo, hace un sencillo acto de fe y lo cree; quizás saque la próxima vez que se acerque al maestro ruso un poco más de luz en su lectura. Y si lo cree, como sería mi deseo, con ese generoso acto de fe, cabría preguntarse: “¿Y cómo consigue tal cosa?” Yo, sencillamente, no lo sé. Vendrán con campanuda voz a decir que eso se puede saber con análisis y con estudios más profundos que la simple admiración ante el milagro y que no hay milagro en la literatura desde que se sabe tanto sobre ella. Pues quien lo sepa que lo diga, y si ha descubierto el secreto, que nos lo explique, ya que así cualquiera podrá escribir de ese modo en adelante, ya que bastaría con aprender la técnica por compleja que sea. Pero creo que ningún análisis, ni literario ni científico, podría captar ese secreto del artista, por el cual, así como el que nada hace, desvela e ilumina su objeto, a la vez que nos desvela e ilumina a quienes, acaso con ojos limpios, nos acercamos a mirar.

El fastidio de la religiosidad

Todos los relatos de Tolstoi son complejos en su desvelamiento moral, y arte puro en su iluminación. Sin embargo es mucho más fácil encontrar en ellos el moralismo que la moral, como es más fácil encontrar el iluminismo que el inmenso caudal de luz con que hace que ningún punto de lo observado quede en sombra.

Hace poco, un lector voraz, pero ingenuamente moderno, declaró que le fastidiaba tanta religiosidad en Tolstoi. Directamente, lo que fastidiaba al lector era la adscripción al cristianismo, su declaración continua de ser cristiano; la religiosidad en sí no podía fastidiarle porque, sencillamente, no la veía. Así como se puede desvelar el objeto, es muy difícil desvelar los ojos del sujeto. Pocos artistas han podido hacerlo y solamente en casos concretos. Realmente ninguna opinión a este respecto merece ni encuentra respuesta; no hay nada más libre que la lectura ni nada más libre que el fastidio, y por otra parte, las cuestiones de religiosidad pertenecen al mismo capítulo libre del fastidio y de la lectura. Pero sí se puede reflexionar sobre el tema, incluso partiendo de tal declaración, porque Tolstoi es religioso en un sentido mucho más amplio que la religiosidad practicada por las iglesias –de hecho la iglesia ortodoxa lo excomulgó–, más amplio que el de cualquier grupo sectario, mucho más que el sentido en el que se adscriben los cultos y se ponen nombres a los credos. En un sentido tan amplio que quizás él mismo no tuviera conciencia total de ello, ya que de haberla tenido, habría perdido esa religiosidad o todo lo suyo seria puro mimetismo y falacia; pero no pudo ser esto último, puesto que en la gran mentira de cualquier arte, en el suyo se respira la verdad, la esencia. Pero ¿cuántas personas pueden verlo?

Por todo esto, miedo da decir, tras una lectura de algún relato magistral de Tolstoi, que se va a “analizar” o a intentarlo al menos, desde cualquier punto de vista. Un análisis literario, de tipo estructural o textual, se puede hacer, pero tal análisis sólo arrojaría conocimiento sobre sí mismo, sobre el propio método , y sería algo que quizás sólo interesaría a estudiantes y estudiosos: sólo pondría de manifiesto la técnica, y ya se ha dicho, la técnica no puede ser más simple. Si algo tan sencillo fue novedad en su momento –quizás respecto a las exaltaciones y fantaseos románticos anteriores– no importa ya mucho. El hecho es que, transcurrido siglo y medio, esa técnica es hoy un vehículo narrativo más y de los más asumidos y conocidos.

Si fuéramos al análisis desde el punto de vista sociológico, no obtendríamos tampoco otra cosa que eso mismo, un retrato social más o menos fiel y limitado, porque hablaríamos de un punto único, la Rusia zarista en sus últimas boqueadas, en un momento determinado, un mundo de campesinos y señores, lo cual se puede estudiar mucho mejor en un libro de historia, y mejor aún en varios libros de historia. Las historias de Tolstoi se pueden trasponer perfectamente a cualquier otro momento histórico; no es, desde luego, la situación social y política lo más importante de sus relatos, lo que no impide que los historiadores puedan acudir a él como fuente complementaria de sus estudios.

Muchos más puntos de vista se podrían unir a los anteriores y no serían sino aportaciones parciales al conocimiento. Se excusan con la conciencia de las propias limitaciones que ponen barrera a tan ambiciosos proyectos. Trato solamente de obedecer la orden del artista, y como en esto de mirar un relato de Tolstoi no hay lucro ni ascenso interesado de ninguna clase, se puede libremente reflexionar sin demasiado método, y así, esto que sigue podrá llamarse sin pena de nadie: “Reflexiones sobre…”, y póngase a continuación el título del relato que se vaya a mirar. Tolstoi pone el desvelamiento y la luz. Nosotros los ojos y la reflexión, hasta donde se pueda llegar con nuestros precarios medios.

Reflexiones sobre "El diablo" de León Tolstoi


Si quien esto lea no ha leído antes “El diablo”, ese inquietante y aparentemente sencillo relato, hágalo de una vez, disfrute de un texto magistral y saque sus propias conclusiones. No haré yo como autores más sabios, que se pasan páginas y páginas hablando de escritos, autores y personajes, dando por supuesto que todos los lectores son tan leídos y sabios como ellos. Y como no puedo yo quitarme el afán didáctico de encima, mi primera recomendación es: “Léalo”. Porque antes es leer que otra cosa. Si una vez leído el relato, todo le queda lo bastante claro, estas reflexiones le serán innecesarias y, si acaso, por el gusto de seguir la palabra fácil y fluida, puede venir aquí como entretenimiento. Por el contrario, si el relato le produce la misma inquietud que a mí, y no le sirven los análisis inmediatos, venga aquí, lea lo escrito por mí y lo hablamos, porque en el encuentro de reflexiones se produce el nacimiento de la verdad.

Sin embargo, y llevada aún del afán didáctico, consciente de las apretadas agendas de las personas modernas, y quizás también para ayudarme a mí misma en la tarea, resumo en breve la historia, que no es otra sino la de un joven hacendado que hereda una finca ruinosa, con sus siervos incluidos, en la Rusia zarista. Yevgueni, que así se llama el protagonista, retratado física y moralmente como eso que llamaríamos una buena persona, agradable, justo e inteligente, se entrega a la tarea de remontar la finca y ponerla en producción. Recluido en el campo, soltero y solo, aunque con algunos remilgos de conciencia, se busca una campesina para satisfacer sus necesidades sexuales, por higiene, según se declara a sí mismo, con el fin de quitarse los escrúpulos. La pasión episódica por Stepanida, la campesina, se desarrolla paralelamente al trabajo organizativo de la finca. Llega un momento en que Yevgueni se casa con una muchacha que conoce en la ciudad, una señorita delicada y sentimental de la que se enamora. Momentáneamente olvida a la campesina y se aparta de ella; parece que eso es lo conveniente y adecuado. Pero su esposa pierde el hijo que esperaba, mientras que Stepanida tiene uno que bien podría ser suyo. Encuentros ocasionales con la joven campesina, tormentos interiores entre el deseo y el deber moral que él mismo se impone, le llevan cada vez más a sentirse poseído por alguien o algo que maneja su vida; finalmente, y cuando todo parece haber alcanzado su punto de perfección, pues la finca ha salido definitivamente de dificultades, su mujer ha tenido una niña por fin, y él ha entrado en política local como propietario respetado por todos, Yevgueni no puede soportar más la pasión que lo domina y toma una terrible determinación: se suicida. Sin embargo, la cosa no acaba ahí, sino que Tolstoi ofrece otro final en el que Yevgueni mata a la campesina. Es detenido y juzgado pero su pena es condonada y sustituida por penitencia religiosa porque su crimen se considera fruto de una locura transitoria. Regresa a su finca y allí se va degradando, alcoholizado e irresponsable.