domingo, 28 de enero de 2007

León Tolstoi: desvelar e iluminar

Todos los relatos de León Tolstoi, aparentemente sencillos, son de una gran complejidad. Nunca, sin embargo, esa complejidad es literaria, en el sentido retórico de la palabra literatura –ni alambicadas estructuras, ni juegos lingüísticos ni poéticos, ni grandes alardes formales, hasta donde esto se puede decir cuando se lee una traducción. La complejidad podría ser llamada literaria solamente en dos sentidos; si consideramos la literatura, la narración en este caso, como una forma de desvelamiento moral, y cuando consideramos la literatura un arte y el arte una iluminación. Para centrar lo que decimos, desvelamiento e iluminación sería el arte de Tolstoi. Ni siquiera podríamos hablar de “análisis” de la realidad o del mundo o de la psicología, pues la palabra análisis conlleva el seguimiento de un método científico, un separar las partes metódicamente con conciencia y propósito de hacerlo, que posiblemente Tolstoi nunca se propuso. Él lo que hace, de un modo natural, con la facilidad inmensa del artista, es desvelar; quita todo aquello que cubre la esencia del mundo por el sencillo procedimiento de nombrarlo y contarlo: cada acontecimiento menor, cotidiano, nos va diciendo por sí mismo su importancia en el relato y en el fin que se propone el autor, apartándolo a un lado como diciendo que es un sobrante, algo sólo apariencial, un puro velo o una coraza de lo esencial. Contándolo, Tolstoi lo convierte misteriosamente en pura forma que se adivina a través del velo, forma aparente e inevitable cobertura. Una vez dicho y narrado, desvelado. Y ya desnuda cada parte del asunto, lo ilumina poderosamente y nos convoca a mirar. La iluminación es doble o puede serlo. Una cae sobre el acontecimiento, sobre lo dicho y narrado, que queda expuesto en su esencia, limpio, diáfano; iluminación que es importante e imprescindible, naturalmente, pero que no basta por sí misma, pues la siguiente se produce en el lector convocado por el arte, si por una gracia especial libra sus ojos de las sombras de los prejuicios, de las pasiones, de los deseos, y simplemente, obedece la voz que le dice: “Mira”. Entonces puede ser que se sienta iluminado en su percepción, como cuando se tiene una súbita comprensión de un asunto que se lleva pensando sordamente durante mucho tiempo.

No todo el mundo creerá esto que digo, de ello soy consciente, porque quizás me supongan contagiada de esa parte de Tolstoi que rechaza la modernidad. Pero vamos a suponer que usted, que está leyendo esto ahora mismo, hace un sencillo acto de fe y lo cree; quizás saque la próxima vez que se acerque al maestro ruso un poco más de luz en su lectura. Y si lo cree, como sería mi deseo, con ese generoso acto de fe, cabría preguntarse: “¿Y cómo consigue tal cosa?” Yo, sencillamente, no lo sé. Vendrán con campanuda voz a decir que eso se puede saber con análisis y con estudios más profundos que la simple admiración ante el milagro y que no hay milagro en la literatura desde que se sabe tanto sobre ella. Pues quien lo sepa que lo diga, y si ha descubierto el secreto, que nos lo explique, ya que así cualquiera podrá escribir de ese modo en adelante, ya que bastaría con aprender la técnica por compleja que sea. Pero creo que ningún análisis, ni literario ni científico, podría captar ese secreto del artista, por el cual, así como el que nada hace, desvela e ilumina su objeto, a la vez que nos desvela e ilumina a quienes, acaso con ojos limpios, nos acercamos a mirar.

El fastidio de la religiosidad

Todos los relatos de Tolstoi son complejos en su desvelamiento moral, y arte puro en su iluminación. Sin embargo es mucho más fácil encontrar en ellos el moralismo que la moral, como es más fácil encontrar el iluminismo que el inmenso caudal de luz con que hace que ningún punto de lo observado quede en sombra.

Hace poco, un lector voraz, pero ingenuamente moderno, declaró que le fastidiaba tanta religiosidad en Tolstoi. Directamente, lo que fastidiaba al lector era la adscripción al cristianismo, su declaración continua de ser cristiano; la religiosidad en sí no podía fastidiarle porque, sencillamente, no la veía. Así como se puede desvelar el objeto, es muy difícil desvelar los ojos del sujeto. Pocos artistas han podido hacerlo y solamente en casos concretos. Realmente ninguna opinión a este respecto merece ni encuentra respuesta; no hay nada más libre que la lectura ni nada más libre que el fastidio, y por otra parte, las cuestiones de religiosidad pertenecen al mismo capítulo libre del fastidio y de la lectura. Pero sí se puede reflexionar sobre el tema, incluso partiendo de tal declaración, porque Tolstoi es religioso en un sentido mucho más amplio que la religiosidad practicada por las iglesias –de hecho la iglesia ortodoxa lo excomulgó–, más amplio que el de cualquier grupo sectario, mucho más que el sentido en el que se adscriben los cultos y se ponen nombres a los credos. En un sentido tan amplio que quizás él mismo no tuviera conciencia total de ello, ya que de haberla tenido, habría perdido esa religiosidad o todo lo suyo seria puro mimetismo y falacia; pero no pudo ser esto último, puesto que en la gran mentira de cualquier arte, en el suyo se respira la verdad, la esencia. Pero ¿cuántas personas pueden verlo?

Por todo esto, miedo da decir, tras una lectura de algún relato magistral de Tolstoi, que se va a “analizar” o a intentarlo al menos, desde cualquier punto de vista. Un análisis literario, de tipo estructural o textual, se puede hacer, pero tal análisis sólo arrojaría conocimiento sobre sí mismo, sobre el propio método , y sería algo que quizás sólo interesaría a estudiantes y estudiosos: sólo pondría de manifiesto la técnica, y ya se ha dicho, la técnica no puede ser más simple. Si algo tan sencillo fue novedad en su momento –quizás respecto a las exaltaciones y fantaseos románticos anteriores– no importa ya mucho. El hecho es que, transcurrido siglo y medio, esa técnica es hoy un vehículo narrativo más y de los más asumidos y conocidos.

Si fuéramos al análisis desde el punto de vista sociológico, no obtendríamos tampoco otra cosa que eso mismo, un retrato social más o menos fiel y limitado, porque hablaríamos de un punto único, la Rusia zarista en sus últimas boqueadas, en un momento determinado, un mundo de campesinos y señores, lo cual se puede estudiar mucho mejor en un libro de historia, y mejor aún en varios libros de historia. Las historias de Tolstoi se pueden trasponer perfectamente a cualquier otro momento histórico; no es, desde luego, la situación social y política lo más importante de sus relatos, lo que no impide que los historiadores puedan acudir a él como fuente complementaria de sus estudios.

Muchos más puntos de vista se podrían unir a los anteriores y no serían sino aportaciones parciales al conocimiento. Se excusan con la conciencia de las propias limitaciones que ponen barrera a tan ambiciosos proyectos. Trato solamente de obedecer la orden del artista, y como en esto de mirar un relato de Tolstoi no hay lucro ni ascenso interesado de ninguna clase, se puede libremente reflexionar sin demasiado método, y así, esto que sigue podrá llamarse sin pena de nadie: “Reflexiones sobre…”, y póngase a continuación el título del relato que se vaya a mirar. Tolstoi pone el desvelamiento y la luz. Nosotros los ojos y la reflexión, hasta donde se pueda llegar con nuestros precarios medios.

Reflexiones sobre "El diablo" de León Tolstoi


Si quien esto lea no ha leído antes “El diablo”, ese inquietante y aparentemente sencillo relato, hágalo de una vez, disfrute de un texto magistral y saque sus propias conclusiones. No haré yo como autores más sabios, que se pasan páginas y páginas hablando de escritos, autores y personajes, dando por supuesto que todos los lectores son tan leídos y sabios como ellos. Y como no puedo yo quitarme el afán didáctico de encima, mi primera recomendación es: “Léalo”. Porque antes es leer que otra cosa. Si una vez leído el relato, todo le queda lo bastante claro, estas reflexiones le serán innecesarias y, si acaso, por el gusto de seguir la palabra fácil y fluida, puede venir aquí como entretenimiento. Por el contrario, si el relato le produce la misma inquietud que a mí, y no le sirven los análisis inmediatos, venga aquí, lea lo escrito por mí y lo hablamos, porque en el encuentro de reflexiones se produce el nacimiento de la verdad.

Sin embargo, y llevada aún del afán didáctico, consciente de las apretadas agendas de las personas modernas, y quizás también para ayudarme a mí misma en la tarea, resumo en breve la historia, que no es otra sino la de un joven hacendado que hereda una finca ruinosa, con sus siervos incluidos, en la Rusia zarista. Yevgueni, que así se llama el protagonista, retratado física y moralmente como eso que llamaríamos una buena persona, agradable, justo e inteligente, se entrega a la tarea de remontar la finca y ponerla en producción. Recluido en el campo, soltero y solo, aunque con algunos remilgos de conciencia, se busca una campesina para satisfacer sus necesidades sexuales, por higiene, según se declara a sí mismo, con el fin de quitarse los escrúpulos. La pasión episódica por Stepanida, la campesina, se desarrolla paralelamente al trabajo organizativo de la finca. Llega un momento en que Yevgueni se casa con una muchacha que conoce en la ciudad, una señorita delicada y sentimental de la que se enamora. Momentáneamente olvida a la campesina y se aparta de ella; parece que eso es lo conveniente y adecuado. Pero su esposa pierde el hijo que esperaba, mientras que Stepanida tiene uno que bien podría ser suyo. Encuentros ocasionales con la joven campesina, tormentos interiores entre el deseo y el deber moral que él mismo se impone, le llevan cada vez más a sentirse poseído por alguien o algo que maneja su vida; finalmente, y cuando todo parece haber alcanzado su punto de perfección, pues la finca ha salido definitivamente de dificultades, su mujer ha tenido una niña por fin, y él ha entrado en política local como propietario respetado por todos, Yevgueni no puede soportar más la pasión que lo domina y toma una terrible determinación: se suicida. Sin embargo, la cosa no acaba ahí, sino que Tolstoi ofrece otro final en el que Yevgueni mata a la campesina. Es detenido y juzgado pero su pena es condonada y sustituida por penitencia religiosa porque su crimen se considera fruto de una locura transitoria. Regresa a su finca y allí se va degradando, alcoholizado e irresponsable.